
Amanecía un nuevo día en la Alameda. La misma que nuestros políticos se empeñan en que sea de color albero. La misma, que con su remodelación, se parece más al paisaje terroso de los
Teletubbies, o ese otro por el que correteaban Heidi y Pedro.
Entre el ruido de las máquinas repetía en mi cabeza, una y otra vez, hoy parece que lo consigo. Sin embargo, conforme me acercaba iba comprobando que la gente que aguardaba de manera ordenada era más que la vez anterior.
- ¿Quién es el último?, pregunté. Así comenzó la larga espera.
Con tanto tiempo por delante comienzo a observar, de forma analítica y un poco mordaz, el paisanaje del que yo también formaba parte. Por detrás mía una mujer de pelo ya cano no paraba de rajar con una pareja de novios, que parecían que, de un momento a otro, iban a perder el conocimiento con la lengua insaciable de palabra de la señora, que contó vida y milagro sin que viniera al caso.
Por delante, además de un padre de familia que esperaba a mujer e hijos para turnarse en la cola y en el desayuno, me llamó la atención una extraña pareja de novios dispuestos a abandonar la adolescencia. Ambos iban constantemente de la moto, que la tenía a tan sólo unos pasos de mí, a la cola, y de la cola a los marmolillos de hormigón que cumplen una grata función frente a la comisaría. Él, de más carnes que ella, enfundado en el chándal del centenario verde y blanco, que le quedaba un tanto estrecho y se veía más bien como las mayas ochenteras de Miguel Bosé o esas medias que a las niñas le ha dado por ponerse debajo de unas minúsculas faldas. Ella también vestía la prenda deportiva, pero del equipo rival. Abrochado hasta arriba en pleno mes de agosto no sabía si era ella la que llevaba el chándal o este la llevaba a ella. Vamos que la criatura era un trapo.
Así, y junto a mi inseparable mp3 fue como noté el paso de las agujas del reloj hasta que marcaron las 9.00 de la mañana, hora mágica para todos los sin papeles que estábamos allí concentrados. Ni que decir tiene que en todo este tiempo la cola siguió creciendo, llegando incluso a dar la vuelta para adaptarse al viario y sortear el tráfico y las máquinas de las obras interminables.
La gente comenzó a ordenarse aún más. Volvieron a juntarse familias, parejas y amigos descompuestos por el café. Un policía nacional, haciendo exhibición de su mando, sirve de embudo y empieza dejar entrar a la gente por chorreo, gota a gota. Pensé que no llegaría a mí, dado que sólo reparten 100 números por la mañana. Finalmente pasé a las dependencias policiales como el que traspasa la meta cortando la cinta con el pecho henchido de gozo y satisfacción.
El panorama dentro no era mucho más acogedor que el de fuera. Un hombre gordinflón, de estos que llevan el pantalón por debajo de la barriga y casi a la altura de la nuca, con un manojo de llaves colgado de la trabilla del pantalón, se situaba junto a la máquina expendedora de turnos con la función de repartir los números y evitar el caos, para lo que repetía una y otra vez
¿DNI o Pasaporte? Cada vez que se movía del sitio lo hacía como una serpiente cascabel, y no por el sigilo sino por el chasqueo de su llavero, que lo convertía en guardián de la comisaría.
La sala era amplia. Bastante. Pero sólo el extremo que se situaba junto a la puerta estaba destinada a esos asientos que tanto se prodigan por los entes públicos, escasos e incómodos. De repente me vino a la mente la imagen de la extraordinaria película, de Steven Spielberg, La Lista de Schindler. Todos hacinados en un rincón de la sala a la espera de concedernos nuestra identificación. Y es que no han cambiado tanto las cosas.
El mismo panorama que había analizado fuera estaba ahora adentro. Unos recogían el número y se marchaban y otros, como yo, decididos a aguantar estoicamente la espera en ese ambiente de oficina gris y fría. Una vez con el turno en la mano me situé, de pié, junto a la puerta de entrada viendo como corrían los números en una pantalla cual carnicería de barrio. Pasada más de hora y media entró en tropel un grupo de señoras escaldadas con aspecto de tener bien saciado el apetito y de haber descansado mientras los demás madrugaban. La primera teñida de negro zaino y con moño alto entró con plena seguridad de su propósito mientras su camarilla aguardaba en la puerta como asustadas de la humanidad que aguardaba con los ojos puestos en la pantalla que marcaba los tiempos entre carné y carné. Al poco salieron todas tal como llegaron, pero con el jopo entre las patas.
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Pasadas las 11.00 se puso el marcador en el número 59, mesa 10 ¡Por fin! Atravesé la estancia y me senté frente al funcionario de turno. La foto. Firma aquí y no te salgas del recuadro. Y pasa el dedo índice de cada mano por este escáner. En ese momento tuve la sensación de pasar mi persona por el lector de precios de los supermercados.
Estuve sentado más de veinte minutos tramitando un documento obligatorio para el que no dan facilidades para su renovación. Me dieron el DNI electrónico, que le llaman, cuando yo sólo esperaba un resguardo. Dicen que se forman esas colas precisamente por eso, porque el solicitante se lleva el documento y no tiene que volver para recogerlo. Pero, ¿no hay mejor forma de tramitar y facilitar las cosas a los desgraciados contribuyentes?

Cuando bajaba la rampa de esa comisaría “tan moderna” tenía la sensación de salir a hombros por la Puerta del Príncipe sin parar de mirar el apéndice auricular conseguido por tan grandiosa faena. Al fin, tras otra ocasión fallida, había conseguido renovar el DNI.